Hay relaciones que sabemos que no nos hacen bien y, aun así, no conseguimos dejarlas.
Lo sabemos. Lo pensamos después de una discusión, se lo contamos a un amigo, incluso podemos llegar a decir en voz alta: «Tengo que dejarlo». Pero cuando llega el momento, algo ocurre. Recordamos los buenos momentos, pensamos en todo lo que podría cambiar, imaginamos nuestra vida sin esa persona y aparece una angustia difícil de explicar.
Desde fuera parece sencillo. Si una relación te hace daño, te vas. Pero las relaciones no funcionan únicamente con lógica.
A veces, lo que nos mantiene dentro de una relación no es que estemos bien en ella, sino que nos da más miedo perderla que seguir sufriendo dentro de ella. Y ahí es donde puede empezar la dependencia emocional.
Depender emocionalmente de alguien no significa querer demasiado. Necesitar a otras personas forma parte de una vida emocional saludable. El problema aparece cuando nuestra estabilidad empieza a depender de que una persona concreta esté, nos quiera, nos elija o no se vaya.
Entonces la pregunta deja de ser «¿quiero estar con esta persona?» y empieza a convertirse, casi sin darnos cuenta, en otra mucho más angustiosa: «¿Qué tengo que hacer para que no me deje?»
Empezamos a callarnos para evitar conflictos. A aceptar situaciones que antes no aceptaríamos. A modificar nuestra forma de ser, nuestras necesidades o nuestros límites para mantener la relación. Poco a poco, podemos terminar desapareciendo dentro de ella.
Además, estas relaciones no suelen ser malas todo el tiempo. Si lo fueran, probablemente sería más fácil marcharse. También hay cariño, complicidad, momentos de conexión. Puede haber disculpas, promesas de cambio, momentos en los que pensamos que quizá esta vez sí será diferente.
Cuando después de una etapa de distancia llega de nuevo el afecto, sentimos alivio. Y ese alivio puede ser tan intenso que terminamos confundiendo la tranquilidad de haber recuperado a alguien con la felicidad de estar en esa relación.
También hay algo importante que entender: nuestra manera de vincularnos no aparece de la nada. Las experiencias anteriores y la forma en que hemos aprendido a interpretar la cercanía y la distancia influyen en cómo vivimos una relación. Para algunas personas, un silencio puede ser simplemente un silencio. Para otras, puede sentirse como una señal de rechazo.
El amor, por sí solo, no convierte una relación en saludable.
La cuestión no es necesitar a los demás. La cuestión es no necesitar a alguien hasta el punto de abandonarnos a nosotros mismos para conseguir que se quede.
Superar la dependencia emocional no consiste en aprender a necesitar menos. Consiste en aprender a no abandonarnos a nosotros mismos para que los demás no nos abandonen.
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